Ana
noviembre 9, 2011
Ana era fea. Mató a su papá por haberle dado unas piernas tan flacas y una nariz tan voluminosa. Su mamá, preocupada porque se llevarían a su única hija a la cárcel, escondió el cuerpo en el refrigerador y a ella la encerró en el sótano.
Ella se puso a buscar una salida. Su mamá abrió la puerta y arrojó comida y agua en bolsas de plástico. Cerró la puerta antes de que Ana pudiera traspasarla.
Buscando en las cajas llenas de polvo, Ana encontró una peluca rubia, un vestido rojo, maquillajes viejos, secos, pero que disueltos en saliva podían ser utilizados de nuevo. Se vio reflejada en un espejo churrigueresco y dorado. Bueno… no se veía tan mal después de todo.
Wendy
octubre 14, 2011
Las montañas han germinado del suelo como ruinas de edificios milenarios, ruinas lejanas y herrumbrosas. El sol extiende sus dedos que la atraviesan. A lo lejos se puede ver una mota de polvo que se hace cada vez más grande. No tiene sombra. Es una mujer que conocí en mi cine, en el único cine que hay. Proyecté una película de amores imposibles. Ella estaba ahí, llorando, me recordó mucho a mi madre. Le dije: hola, soy Wendy, yo “corro” este lugar… me gustaría filmar algo contigo, algo así medio experimental… Ella se asustó, pero le expliqué que el procedimiento que yo utilizaba era muy antiguo y sólo capturaba su imagen. Hago esto desde que tenía ocho años, le dije.
-Mi padre era un cineasta loco, él me enseño todo lo que sé. Un día llegaron un hombre y una mujer a su casa, eran del Departamento de Compresión, ellos se deshacían de los vestigios del pasado, de las fotografías, de las películas, de los cómics, de los video juegos, los ambientes de realidad virtual obsoleta. Se los quitaban a la gente para comprimirlos, para evitar utilizar espacio, del que ya en esos días quedaba muy poco.
La mota de polvo es ahora un ave lejana. Mis recuerdos sobre mi madre siempre han sido fragmentarios. Ella fue quien le quitó sus herramientas a mi papá. A veces decía: sucedía tan rápidamente que un día ya no había rastros de lo que hizo cambiar nuestra manera de vivir.
-Sí, sí, se llevaron todo… le informaron que tenía que actualizarse y saquearon todos los materiales y trabajos de mi padre, sus libros y revistas de papel. Papá llegó a la oficina con los ojos rojizos, vidriosos. Con la visión también vidriosa buscó a mi mamá bastante enojado. Pero ella había sido informada de la obsolescencia del Departamento de Compresión: lloraba porque al día siguiente, a las tres de la tarde, se comprimiría a sí mismo.
El ave lejana es ahora la mujer, que personifica a mi madre. Lástima que sólo puedo tener ahora su imagen.
-Regresaron a maldecir el sitio vacío. Encontraron un cuadrito negro. Es el pasado, dijo ella, ahí está todo junto, comprimido a la novena potencia. Lo introdujo en una terminal, ante ellos desfilaron miles de millones de datos inservibles… es decir, sin el decodificador adecuado… mi madre tardó años en programarlo, mientras mi padre trabajaba en lo que podía… siempre se negó a filmar con las nuevas técnicas que a veces comprimían fragmentos de las personas de manera accidental… Hoy voy a proyectar una película de esperanza. La mujer está ahora cerca de la toma, veo su rostro que me mira demasiado complacida, se sale de su personaje…
Lucas
abril 18, 2011
Cerraba los ojos y apretaba las mejillas contra las cejas, parecía que se iban a tocar, las cuencas se llenaban de piel y desaparecían por un instante. Al abrir los ojos reía y me hacía reír. Y yo le pedía que lo hiciera otra vez, y luego otra, y ya. Una cuarta vez la hubiera agotado, y luego ya no querría hacerlo en muchos años. También sus manos eran preciosas, de palmas gorditas. Un día me dejó apretarlas, eran como botones.
El Sujeto H
abril 12, 2011
Ella no tenía nombre, nadie se había preocupado en ponerle uno, sólo la llamaban el sujeto H. Los especimenes anteriores habían muerto en ese mismo compartimiento blanco, pero no como esperaban los científicos, aunque cada vez aprendían más.
Le habían hecho tres agujeros en el cráneo, rectangulares, del tamaño y la forma de tarjetas de crédito; los habían cubierto con unas tapas de plástico que embonaban perfectamente, parecían extraídas de un juego de té.
Su cubículo, su celda era de plástico también, con colchonetas suaves. Tenía una ventanilla de vidrio muy resistente por la que el sujeto H podía ver muchos aparatos, cables, monitores con líneas o letras verdes moviéndose de un lado para otro.
Una doctora llegó al laboratorio, tenía un rostro que el sujeto H nunca había visto, un olor nuevo penetraba por entre los agujeros del vidrio, producía una sensación similar a la de la asfixia, pero casi imperceptible, de una manera agradable, que ella nunca había sentido.
La doctora lloró la primera vez que la vio; se contuvo lo suficiente: sólo dejó correr una sola lágrima por su mejilla, que nadie notó, más que el sujeto H. Un doctor le explicó que estaban buscando una frecuencia en especial, que había millones de dólares en juego.
Su responsabilidad sería ponerle el casco al sujeto H para probar cada una de las combinaciones de estímulos que tenían preparados. El casco era una aglomeración de cables y cajitas y barras de metal.
Cada vez que se lo ponía aparecía una nueva clase de dolor, junto con una nueva reacción. Convulsiones, dolor en cada uno de los órganos, ardor en la piel, sangre derramada por la nariz, etc.
Cada secuencia útil era registrada.
Cada vez, la doctora tenía una lágrima nueva para cercenarle el rostro, le dejaba una cicatriz de sal.
A veces le tocaba un dedo o una pierna fingiendo revisar el aparato en su cabeza. El sujeto H la quería mucho, aparecía en sus sueños cada vez que dormía. Su presencia le daba esperanza para seguir viviendo.
Pero la doctora ya no pudo más, no podía dejarla sufrir así.
Una noche se quedó frente a la terminal, diseñando por largas horas una nueva frecuencia. Al amanecer, como todos los días, le puso el casco al sujeto H, quien sabía lo que iba a pasar.
En los monitores apareció lo que los doctores habían estado buscando. El sujeto H murió, exactamente como esperaban desde hacía tanto tiempo.
Gaby
mayo 6, 2010
Gaby era una niña tan famosa que recibía muchas cartas por correo. Ella siempre decía: a mi todo el mundo me quiere. Y exigía siempre un trato de princesa, aunque en este caso, de princesa guerrera, pues ella doblaba la voz de un personaje de caricatura, la Niña Violeta, una de las siete hijas del Rey Arcoiris que luchaban contra todo lo opaco, contra todo lo maligno y falto de color.
Sus armas eran precisamente sus colores, sus voces agudas en gritos sincronizados, sus armaduras mágicas… si combinaban sus poderes, formaban la figura iridiscente de un corazón con extremidades, ante el cual ya no había defensa alguna.
Un día la Niña Violeta murió a manos de su terrible enemiga Malvadame, y, por unas cuantas semanas, Gaby fue más famosa que nunca.
Mariana
abril 13, 2010
Marianita era una niña muy linda e inteligente que recolectaba palabras de muchas partes del mundo, palabras nuevas que sólo unos cuantos usaban. No, ella no aprendía lenguajes, esos todo mundo los conoce, o cuando menos una gran parte de cada población. Ella sólo quería las piedritas más redondas, las perlitas más brillantes que eran como canicas para jugar, las ponía en su boca y la gente le preguntaba que qué era eso.
Significa que eso es muy bueno o muy bello pero sólo se usa cuando es algo que hizo un niño.
¿Y en qué idioma?
En ningún idioma, pero sólo la usan los niños de una parte en el norte de París.
Ah: Entonces es… en francés.
Mariana asentía con decepción, convenciéndose cada vez más de que sólo ella hablaría el lenguaje secreto.
Sólo un pequeño grupo alcanzaba a comprender algo de su labor, pero era efímero, mutable, disperso en el mundo y que no la acompañaba en su búsqueda. Ella les había enviado cartas eléctricas, traducidas por medio de un programa en su computadora. De todo el mundo le contestaban regalándole nuevos términos, pero no querían recibir los que ella había juntado, no se los aprendían, no los pronunciaban, no los usaban en su vida.
Era fácil olvidarlos y era fácil olvidar a Mariana.
Por eso se sentía muy sola.
Hay una palabra especial para mi situación, pensaba, y la decía en voz alta.
Vanesa
marzo 19, 2010
Para Alex también
Había una vez una niña que podía leer muy rápido, más rápido que todos los demás de su salón, pero la maestra siempre la regañaba: Vanesa, deja de estar haciéndote la mensa y lee tu libro. Lo que pasaba era que leía tan rápido que terminaba antes que los demás y se ponía a jugar o a peinar su hermoso cabello. Claro, después del grito, Vanesa regresaba a su banca y se hacia la mensa fingiendo leer. Un día se encontró un libro muy grande y gordo, pero la maestra se lo vio y le dijo: seguramente te lo robaste de la biblioteca… Y le quitó el libro, y lo guardó en su escritorio. Vanesa se fue a su casa muy triste, y se puso a llorar. Se acurrucó en su cama. A la hora de dormir salió por la ventana y salió corriendo hacia la escuela, abrió el cajón del escritorio con un fierro y sacó el libro, que contenía las instrucciones para volar. Se quedó leyéndolo con mucha concentración durante toda la noche, y no se dio cuenta de cuando el amanecer y la maestra y todos los niños llegaron a la escuela. La maestra la regaño: Niña ladrona, ahora sí te va a llevar la policía. Todos los niños se burlaron de ella y la maestra comenzó a gritar: ¡Policía! ¡Policía! Pero Vanesa ya había aprendido como volar y salió volando para escapar.
(Tengo dos abecedarios y otros minicuentos. Lo primero que cree fue el abecedario “Niñas” del que es parte este minicuento.)
Niño Tímido
marzo 9, 2010
Isidro
marzo 6, 2010
La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma
Edgar Allan Poe
Isidro fue enterrado vivo. Escuchó, sin poder moverse, todo el proceso; desde su supuesta muerte hasta el último paso de los enterradores sobre la tumba. Quería decir: no, esperen, si no estoy muerto, no me entierren… terrible perspectiva la de morir asfixiado, pero consiguió, ahorrando sus domingos, una verdadera pistola de rayos láser, y su mamá, afortunadamente, la había puesto en el ataúd antes de que lo cerraran: para que juegues en el más allá, mijito. Con ella sería fácil desintegrar la tierra blanda. Ni siquiera había tenido tiempo de probarla, había llegado por correo, la vio sobre la mesa cuando tropezó y se golpeó la frente. Se sintió como en un sueño del que es imposible despertar. El anuncio decía que realmente funcionaba, que era parte de un cargamento robado al ejército, un arma experimental creada para acabar con fuerzas alienígenas. Comenzó a mover la mano un poco, pudo abrir los ojos y ver la más profunda oscuridad. Después de media hora casi se terminaba el aire, pero ya podía moverse lo suficiente. Abrió el paquete. Palpó el arma entre sus manos y después de un minuto comprendió que había sido víctima de la fatalidad: las baterías no estaban incluidas.
(Con este cuento que es parte de un abecedario me dieron el segundo lugar en el concurso de minicuento del CRIPIL)
Niñorigami
febrero 17, 2010
Se trataba de un niño de lo más peculiar, tenía el mal hábito de plegar las partes de su cuerpo como si estuvieran hechas de papel. Cuando comía chocolate sus labios parecían una prueba de Rorsarch. Era de ley que hiciera trampa en los exámenes, aunque sabía que estaba mal, pero de cualquier forma aprendía a la larga, las cosas a fuerza de verlas todos los días escritas en su piel. Aunque muy pocas veces tomaba un baño, o quizás nunca, por alguna razón siempre olía bien, siempre se veía bien. Bueno, dicen que con el tiempo se fue arrugando demasiado, pues quizás sufrió de esa enfermedad que les da a los niños que envejecen muy rápidamente y mueren muy jóvenes.











